viernes, abril 30, 2010

El Semaforo

Aquel día, me desperté con mucha flojera y renegando.
 Con trabajo pude deshacerme  de  las  cobijas.  Me dirigí al baño
arrastrando los pies mientras maldecía el  tener que levantarme de la
cama sin poder quedarme en ella todo el día.  Desayuné con los ojos
tan cerrados como mi mente.  Tal pereza me dominaba, que por no meter
el pan en el tostador, preferí comerlo frío y beber la leche
directamente de la botella.  ¿Por qué tener que trabajar?
 ¡Esa sí era una verdadera maldición!

Salí de mi casa en dirección a la oficina en mi vehículo con asientos
de piel y calefacción, observando en el camino el  pavimento
humedecido por la lluvia y seguía maldiciendo el tener que ir a
trabajar.  El  semáforo marcó el alto y, de pronto, como un rayo, se
colocó frente a todos los automóviles algo que parecía un bulto.  Por
curiosidad abrí más mis ojos somnolientos y pude descubrir que lo que
parecía un bulto, era el cuerpo de un joven montado en un pequeño
carro de madera.  Aquel hombre no tenía piernas y le faltaba un
brazo.  Sin embargo, con su mano izquierda lograba conducir el
pequeño vehículo y manejar con maestría un conjunto de pelotas con
las que hacía malabares.

Las ventanillas de los automóviles se abrían para darle una moneda al
malabarista que llevaba un pequeño letrero sobre el pecho.  Cuando se
acercó a mi auto pude leerlo, "Gracias por ayudarme a sostener a mi
hermano paralítico".  Con su mano izquierda señaló hacia la banqueta y
ahí pude ver a su hermano: sentado en una silla de ruedas, colocada
frente a un atril que sostenía un lienzo, movía magistralmente con su
boca un pincel que daba forma a un hermoso paisaje.

El malabarista mientras recibía ayuda, vio el asombro de mi cara y me
dijo:     ¿Verdad que mi hermano es un artista?  Por eso escribió esa
frase sobre el respaldo de su  silla. Entonces  leí la frase que
decía:

"Gracias Señor por los dones que nos das.  Contigo no nos falta nada".

Recibí  un fuerte golpe en mi interior mientras el hombre-bulto se
retiraba y  el semáforo cambiaba del color rojo al verde.  Mi
semáforo interior cambió desde aquel día.  Nunca más se me volvió a
encender la señal de alto, que me paralizaba por la pereza.  Siempre
he tratado de mantener la luz verde y realizar mis trabajos y
actividades sin detenerme.  Aquel día descubrí que ante aquellos
jóvenes, yo era el paralítico.  Desde aquel mismo día, nunca he
dejado de agradecer.

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